Porque la felicidad es esto: saber lo que hay después a párpados cerrados. Al fin y al cabo, pactamos viajes como recovecos de un conjuro inclaudicable. Y en los ojos, una gotita se desliza para corroborar que la vida no se quiere en vano. Atentos a las ficciones cotidianas, al beso que relentiza el cielo, y lo acerca, como cosmogonía intacta de los deseos compartidos. Yo te miro y tú, palpitas tu mejor truco. Yo no sé si pueda amar así otra vez, pero sé que no quiero, porque contigo me basta. Y el destino, nos escribió ya, los bordes de esta historia irrepetible.
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Una mañana una mañana linda el corazón como una flor a mí se entregará una mañana una mañana linda.
Mi corazón como una flor a ti se entregará.
Linda será cuando me digas creo en tu amor, me digas que no sientes temor y cuando salga el sol será una mañana una mañana linda.
sólo entonces pensó en ella eligiéndola sin dolor y sin desesperaciones sin angustia y sin miedo dócilmente empezó como otras noches a necesitarla.
Mario Benedetti.
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No me basta con saber que amaneces, y tu espalda me entibia los huesos como almíbar que ha alcanzado el punto exacto de su espesura. No me basta con saber que caminas, y que puedo encontrarme tu cuerpo en una esquina cualquiera de esta ciudad sumergida. Me conformaré sólo cuando haya vaciado mi espíritu en la oscilación de tus caderas, y un gesto tuyo germine en mis pechos la predestinación de los sucesos.
La chica de falda verde te escribe. Te cuenta que -sin que lo hubieras sospechado hace cinco años atrás-, tú eras el hombre que buscaba. Que en realidad te amaba más que a cualquiera, y no lo creía, pero pasaría los siguientes años de su vida prendida a la ilusión de verte llegar, día tras día, con el corazón envuelto de un amor irrepetible. En algún espacio recóndito dispuesto entre nosotros, volvemos a encontrarnos en esa plaza, con los cuerpos temblorosos y los ojos inundados de hallazgo. Se repite una y otra vez, despiertos o dormidos, esa fábula inconclusa en que nuestras almas se redimen para siempre. Y todas las batallas perdidas, se metamorfosean en una historia común, aquélla en que -solamente nosotros- sabemos que vencimos.
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Los primeros meses lloré tanto, y tan fuerte. Me resistía a aceptar que había un milagro atándonos los cuerpos. Fui vaciándome de a poco, perdonándome las noches inmóviles, las mañanas en que pedía no despertar. Y tú, eras el mago que invisibilizaba mis finales, que convertía mi soledad en un camino sereno, cubierto de motivos para andar. Dejamos de temer, existir dejó de ser un peso que quisiéramos abandonar. Todos los sortilegios brotaban de nuestras manos, como alfabetos iluminándonos una nueva biografía. Hicimos parir tantas quimeras, acompasando mantras con los labios. Volvimos a creer. Yo, en el destino que se cumple; tú, en las estrellas que descienden desde cielo para hacerme aparecer.
Andamos, nos llamamos con fantasías de otras calles, las pieles nos saben a viaje y cigarrillo que se enciende. Mis pasos peligran el eco que reverbera como gota fracturada. Se han deshecho los márgenes de la certidumbre, y vociferamos la ilusión de traducirnos la lengua en una única epifanía. Descalzo otras órbitas para habitarnos la quimera, y extrañarse si hace frío o atardece, o la estación ha venido a cambiarse de camisa. Como si anticiparas la textura de mi geografía.
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Y al atardecer juegas con mis pies y vienes a mí de nuevo y al anochecer lo vuelves a hacer y te quedas junto a mí.
De inundaciones, tú, de diluvios, de caracolas en vela por la insistencia del oleaje. He venido a estremecerme en tu naufragio, como una fisura de piel que ha humedecido la médula del romance. Que se desborden, entonces, los puentes y las calles, y no tengamos más que cuerpos argonautas cuando amaine el escampe.
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No creo que haya sido casualidad que nuestros dos caminos se cruzaran en la mitad de esta carretera que la verdad la mayoría de las veces sólo da soledad.
Cuando ella llegaba dejaba una parte más hermosa muy lejos
Cuando ella se iba algo se formaba en el horizonte para esperarla . Fragmento de Ella, en Ver y Palpar 1941. Vicente Huidobro.
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La aceleración de tu cuerpo interpela mi órbita cuando ha llovido tanto y hace frío, y no sé si tus labios magnetizan las palabras o sucumbe la espera en el quicio del paladar. Hay tardes que -por más que uno esfuerce la memoria- no se repiten, y se cristaliza la imagen que ha perpetuado romances en la pupila, como trocitos de sortilegios o embrujos ceñidos al invierno. Pequeños e inocentes, nos tatuamos la conciencia de cien pasos constelados. Persistimos en la intuición de adivinarnos las señales, y descalzarnos los versos en el pavimento mojado. Quizá sea hora de parir otras quimeras, meciendo mis vocales en el borde de tu lengua.
Temo encontrarte y que no me reconozcas. He pasado años creyendo que no existes, ignorando tu nombre, cerrándote los espacios. Pero alguien me ha hablado de ti. Nunca he creído en cuentos, el papel de princesa no me queda bien. Apenas una bruja con su escoba. Bastó un murmullo para anudarte ciego a mi garganta. Ahora todas las cosas del mundo me hablan de ti. La otra noche te soñé, tu aroma era suave y tenías un lunar cerca del cuello. No pude ver tu rostro. Tus brazos me sostenían fuerte, se me llenaban los huesos de espuma. Luego desperté y hacía frío. Mi cuerpo permaneció quieto entre las sábanas. Entonces se me hizo imposible regresar.
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Como un presentimiento breve, invertiste el sentido de mi vida. Ya no camino como antes, dudo en las esquinas, retrocedo los pasos. A veces también tiemblo. Te pareces a otros que finalmente son distintos. Primero fueron días, después semanas. Podía pasarme horas en un mismo lugar, hasta que caí en la cuenta de que no podía ser cualquiera. Me he quedado quieta sobre este puente, decidida a quemarte los ojos si apareces. Tarde o temprano pasarás por aquí; se trata de un lugar estratégico. Como un viceversa que no sabe de atajos; ni tú ni yo estaremos libres.
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Enciendo un cigarrillo y empiezo a observar. La ciudad se ve distinta desde aquí. Las personas pasan rápido y no hablan. Atardece, se encienden las luces de los autos. Hay una mancha sobre el río, no creo que exista otro igual en el mundo. Cuando aparezcas, me gustaría preguntarte si piensas lo mismo. Algunos turistas toman fotografías, no entiendo lo que dicen. El viento desordena mi pelo, guardo mis manos en los bolsillos. Recito un verso de memoria "... sin embargo te advierto que estamos cosidos a la misma estrella...". De pronto, alguien toca mi espalda, pero yo no me atrevo a mirar.
He aprendido a dudar menos, a querer más. Veo tu cuerpo y mi cuerpo, y siento que no nos hemos reunido en vano. Otros hombres y otras almas nos unieron. No dudo, pues, del arte, ni de sus medios de sanación. Y no lo pienso como si se tratase de una metáfora, sino en su realidad más palpable. Hay que curar. Nos urge llegar a otros, contarle a nuestros hijos que lo hicimos. Lo leí alguna vez, ¿por qué vivir con dieta de miedo?. Al menos alguien creyó en un tiempo en que caminaríamos libres. Juntos, atados de manos, de sueños. Nos lo debemos, sin dudar.
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y hay que quemar el cielo, si es preciso, por vivir
Un amor más allá del amor por encima del rito del vínculo, más allá del juego siniestro de la soledad y la compañía.
Un amor que no necesite regreso, pero tampoco partida. Un amor no sometido a los fogonazos de ir y de volver, de estar despiertos o dormidos, de llamar o callar.
Un amor para estar juntos o para no estarlo, pero también para todas las posiciones intermedias.
Un amor como abrir los ojos. Y quizás también como cerrarlos.
Víctimas de un romance sin tregua, devastamos extensiones de papel humedecido, por la inquietud que fabrica en los bordes la esperanza de la última lluvia. Entonces no tuvimos más desvelos, ni sangre adhiriéndose a la piel como barniz. Sólo el estremecimiento, la confirmación de que lo dado es recibido, y lo negado, prohibido en nuestras almas para siempre.
Cuando estaba en tercer año de Universidad, buscaba un libro para un trabajo que no recuerdo. Divagaba entre alguna teoría incomprensible y las novelas que acostumbro a hojear sólo por placer. Husmeaba entre las estanterías, cuando de pronto te me apareciste como un vaticinio por cumplir. Justo entremedio de Cien años de soledad, un marcapáginas en cuyo centro decía:
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Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice, y todo.
Y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.
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Tú, entre todos los milagros, existes. Jamás voy a olvidar que a fuerza de puño y lágrima, te convertiste en parte de mi historia. La misma que hoy me dice que he aprendido a amar un poco mejor. Así es cómo has marcado las páginas de mi vida. Invariable y rotundo. Bello y sublime. Sé que somos muchos quienes sentimos por ti. La palabra que acariciaste tan bien, hoy se me hace inaprensible.
No importa que se nos congelen las manos, que se cristalice la piel como un veneno que ha avanzado demasiado lejos. Yo también te pienso al despertar, aunque tu imagen se desvanezca entre las sábanas que se enfrían. Esta fábula nos ha hecho invisibles. No sabes que te nombro mientras camino, no me oyes, aunque te llevo unido al paladar. No me conformo con vivir así. Imagino que me encuentras y esta herida desaparece, que algo vuelve a poner mis pies sobre el asfalto. Me niego al anonimato, pero ya no quiero existir a solas. Necesito de ti, desespero por hallarte una tarde de frío. Tienen que congelarse nuestros huesos, yo puedo hacer crujir las hojas con mis pasos. Sólo deseo que me sigas sin mediar explicaciones, apenas revelarte con tus ojos. Aunque no. Nunca se me han cumplido los sueños.
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(sobre la ficcionalidad en la literatura, recuerde)
Un trocito de nube antecede tu tacto húmedo, porque las aguas astrales han venido a inaugurar el romance que nos empapa. Hay pocas cosas tan bellas en el mundo. Tú te mueves como un niño inquieto en las calles que brillan tras la lluvia. El frío nos cala los huesos. La gente observa desde las ventanas una vida que no quiere, esta ciudad no les dice nada. A nosotros sí. Al fin y al cabo, quiere darnos tiempo para despedirnos bien.
Sobrevivimos a este lado de la vereda. Avanzamos ligeros, despojados, con los bolsillos vacíos. No tenemos nada salvo a nosotros mismos. Y eso nos hace felices. No lloramos de tristeza, amor, sólo lloramos. Sonreímos sin culpa, sin peso, sin temor. Nos hemos protegido así. Somos transeúntes queriéndonos sin prisa, invadidos de locura, clarividentes del cielo. Nuestro espíritu habita en las esquinas, reconoce las historias prendidas en la piel. Confiamos, invisibilizando anhelos. Entonces volvemos a brillar.
Mi cumpleaños.Nuestro aniversario.Y abril que siempre se va habiéndome cumplido los sueños. Esperábamos estos días como una comprobación de lo que somos capaces de hacer, unidos en la convicción de que el amor -el verdadero amor-, está reservado para unos pocos elegidos. Nosotros renovamos este pacto a dario, entre tantas vidas y tantas otras muertes, concientes del milagro que nos convierte en cómplices. Cinco años, pues, no pasan en vano, "eso ya no se ve" y lo sabemos. Sabemos que, cada día hacemos cosas que ya nadie hace, pero sólo nosotros lo vemos. Por eso somos magos, clarividentes cuyo poder reside en la capacidad de querer y creer sin pruebas. De sanar para sanarnos por dentro, conjurar el miedo, el egoísmo y sus trampas, la soberbia y la tristeza. El amor como una forma de arte, como un dibujo que me hicieras para mostrarme el mensaje más simple, que -como dijo Huidobro- estamos cosidos por la misma estrella.
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La primera imagen del mundo nos la formamos desde esa banca, en aquella plaza, que sólo nos reconocería por un capicho del tiempo. Pensábamos que todo era tan grande que casi no importaba, apenas tu cuerpo y mi cuerpo acompasados por el frío. Jugábamos a adivinarnos las historias cuando, en realidad, nos conocíamos tan bien. Yo tenía tu nombre tatuado en la garganta. Éramos tan pequeños entonces. Sólo sabíamos una cosa, que queríamos estar juntos por el resto de nuestras vidas.
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Hemos tendido puentes para amalgamarnos la existencia, para saber que avanzamos aun cuando el cielo se mantiene inmóvil. Esta ciudad nos menciona en las esquinas, conoce nuestros secretos, deletrea nuestras ilusiones. Sabe que nos invocamos entre transeúntes solitarios, atados a la médula del romance. Día a día nos volvemos a cruzar, no importa si llueve o atardece, si nos rendimos al cansancio o lloramos. Volvemos a caminar, porque podemos perderlo todo, menos a nosotros mismos.
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En cada viaje descubrimos milagros, fotografías de películas adosadas a nuestras pieles como parte de un embrujo. Compartimos nuestras vidas en palabras y en imágenes. Procuras ficciones para mi risa mientras te escucho absorta entre volutas de humo, a mi me cuesta más imaginar. Por eso prefiero las letras, dibujadas en tus labios o en tu espalda, víctimas de un realismo maravilloso. Podemos hablar sin parar, o pasear por cientos de calles queriéndonos en silencio. Porque si tú me miras, decidido a existir desde el fondo templado de tus ojos, también existe el mundo, y muy probablemente, yo acabaré por existir contigo.
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Hay tantos lugares que llevamos por dentro, que nos conservan inctacta la memoria y los anhelos. Nos apropiamos de los espacios, porque nos propusimos existir en el mundo como ángeles de la predestinación, aunque nuestros cuerpos se confundan en la ciudad y su geografía. Nos reconocemos porque tenemos algo en común, invisible pero rotundo, inscrito al centro de la rueda de nuestra fortuna. Siempre palpita, colmándonos de luz y de fuerza. Las estaciones cambian y cambian los calendarios, pero esto es indestructible, inalterable en su forma, en su sustancia de abracadabra.Al fin y al cabo,preferimos hablar de cosas imposibles, porque de lo posible sabemos demasiado.
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Felices cinco años juntos, cariño. Cuando te conocí y di gracias a Dios por el milagro de tu existencia, sólo me propuse una cosa: hacerte feliz. Hoy nos hemos retribuido mucho más que los sueños. Nos espera un viaje a Buenos Aires, una casa maravillosa, tres hijos valientes, un Cinema Café, una película, un libro, una cita en Francia y la esperanza, de volver a encontrarnos en otra vida.
*
Y cuando recordemos este tiempo, sonreíremos abrazados, incrédulos de nuestras batallas. Y pensaremos al fin. Estaba escrito.
amar es combatir, si dos se besan el mundo cambia, [...] el mundo cambia si dos se miran y se reconocen [...]
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Fragmentos, Octavio Paz.
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Andamos, nos llamamos con fantasías de otras calles, las pieles nos saben a viaje y cigarrillo que se enciende. Nuestros pasos peligran el eco que reverbera como gota fracturada, se han deshecho los márgenes de la certidumbre. Creemos sólo en aquellas porciones donde el mundo se ha hecho invisible. Nos despojamos del peso para habitarnos las quimeras, y extrañarse si hace frío o atardece, o este otoño predice amores en sus esquinas. Hay magia imantada a la médula del camino. Conjuramos el tiempo, y el corazón nos susurra río abajo, justo antes que comience a llover.
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Vos, vos y las hojas caen. Vos, nube del más alla, Vos, obnubilante, Desde el silencio, Sos viento de molinos, surcando armonía.
. Dos, dos copas de cristal Dos, que se conocen más, Dos, son más que antes, Viejos amantes que quieren ver las luces Sembrada por abuelas .
. Quiero besar tu mirada antes que cierres los ojos, Quiero besarte dormida, y despertarme en tu boca.
. Vos, vos y las hojas caen Vos entre los días vas, Vos, lejos del miedo, encantadora Sos viento de los mares, Mojando melodías.
. Quiero besar tu mirada antes que cierres los ojos, Quiero besarte dormida, y despertarme en tu boca.
No voy a contar el tiempo que nos conocimos, ni las ficciones que procuramos para invadirnos la conciencia. Si apenas tu ruta y mi ruta valían en el devenir silente de la ciudad entumecida, con el candor de cada pupila invocando volver por el mismo camino. No necesitamos quiebres ni atajos, alcanzaba con el límite de nuestras ramas y la certeza de emerger tiernos del mismo árbol. Cada raíz espumosa y cada pálpito encarnado, nos servían de nube para ignorar el abismo.
***
No quisiera un fracaso en el sabio delito que es recordar, ni en el inevitable defecto que es la nostalgia de cosas pequeñas y tontas como en el tumulto pisarte los pies. Y reír y reír y reír, madrugadas sin ir a dormir... Sí, es distinto sin ti. Muy distinto sin ti.
Las ideas son balas hoy día y no puedo usar flores por ti. Hoy quisiera ser viejo y muy sabio y poderte decir lo que aquí no he podido decirte: hablar como un árbol con mi sombra hacia ti. Como un libro salvado del mar, como un muerto que aprende a besar, para ti, para ti, para ti, para ti.
(Fragmento: De la ausencia y de ti, Silvio Rodríguez)
... pero ya en tu pecho florecerán colores de amor. . (Los Jaivas) . .
Entonces recorto un trocito de brisa y me cercioro en el acto, de que mi niña despierta por el color del sol. Cree que puede seguir jugando, olvidándose de este armazón de hierro que le sostiene el asombro y le arruga el vestido. Y es que debiera permitirse el retorno, descubrir sus contornos como en un baile de pájaros. La boca le sabe a miel, y está pidiéndome que le regale un pretexto. Tan sencilla es la ilusión que me advierte el vaivén de nuestro mejor juego.
. Lo único que sé hacer bien es perderme. Y lo único que debo hacer es quererte, quererte, quererte. Me pierdo en mí mismo y me pierdo en ti también. No sé cómo lo hago pero me sale tan bien. Perderte, perderte, perderte. Y lo único que debo hacer es quererte, quererte, quererte. . .
Tócame, y espanta al fantasma que nos predice el silencio.
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Anda, quítate el vestido las flores y las trampas, ponte la desnuda violencia que recatas y ven a mis brazos, dejemos los datos seamos un cuerpo enamorado.
. Anda, deja que descubra los montes de tu mapa, la concupiscencia secreta de tu alma y ven a mis brazos, dejemos los datos, seamos un cuerpo enamorado.
: Anda, pídeme que viole las leyes que te encarnan que no quede intacto ni un poro en la batalla, y ven a mis brazos, dejemos los datos, seamos un cuerpo enamorado.
. Anda, dime lo que sientes, no temas si me mata, que yo sólo entiendo tus labios como espadas, y ven a mis brazos, dejemos los datos, seamos un cuerpo enamorado.
Me unto sílabas al paladar para susurrarte una quimera en los labios. Nadie construirá sueños por nosotros, ni nos pintará sonrisas como soles titilando en las mejillas. Se transmutarán los abismos en arcanos y sólo será oscuro el instante en que beba tus lunares en los pliegues de mi sábana. No te rindas.
Mucho antes de acomodarme al espacio que separaba tu existencia de mis átomos, me abría paso entre las grietas, sudaba por el peso de las estaciones y temblaba. Es cierto que pudimos haber claudicado la espera, tragarnos la saliva y retroceder el aire por los siglos vaciados. Pero insistimos. Y tan torpemente sacrificamos el canto, nos lloramos las señales, persuadimos el miedo en las arterias. Fingimos la risa, anulamos el futuro. Nos mantuvimos intactos. Estremeciste mi espíritu tras la llovizna, acariciaste levemente mis trozos, como quimeras que encarnan la semilla. Entre esqueletos y llamas se desprendió tu nombre en un vuelo de cenizas. Yo ya sabía volver. Memorizaba mi viaje en tus ojos. Nada existía fuera de ti sin haberlo callado. Apenas una videncia, tu cuerpo metamorfoseando mi tierra desde su origen. La humedad y el caos. Tú. Nuevamente tú.
Cuando te miro a tus ojos mojados pongo a tus pies mi farol de ermitaño y yo de barro de barro de barro.
Veo tu rostro a mi rostro calcado dejo brotar las manos de mi mano y yo de barro de barro de barro.
De barro este corazón continuado al fondo y al polvo que pasa a mi lado.
Cuando te miro a tu beso alocado dejo pasar todo lo respirado y yo de barro de barro de barro.
Toco la curva del tiempo esperado dejo caer las ropas del pasado y yo de barro de barro de barro.
De barro este terror enamorado tirado al medio del suelo sembrado.
Y mientras pasa todo y todo se hace nada se asoma por los poros el barro como lava.
Y mientras pasa todo y todo se hace nada se asoma por los poros el barro como lava.
Una tarde como ésta - hace cinco años atrás- nos conocimos. ¿Recuerdas?
*
Aunque yo prefiero decir que nos reencontramos, que después de tanto desvanecimiento y tanta encarnación, coindimos en dos cuerpos que torpemente se cruzaron. Dudamos y nos estremecimos, enmudecimos y balbuceamos. Volvimos a ser niños otra vez. Hermanos, amigos, amantes. Nos enamoramos. Y han pasado años, meses, semanas y días. Y yo te quiero tanto como entonces. Nada entre nosotros ha cambiado, o casi. Iría hasta el mismo lugar para mirarte, aprender tu nombre, enterarme de tu vida. Jugar a que somos extraños cuando, en realidad, nos conocíamos tan bien.
Yo sé que nos esperamos siempre, conscientes del único amor que existiría en nuestras vidas. Yo te quise para mis viajes, tú para tus hijos. Me quisiste para pintarme también, yo para escribirte. Nos rendimos al borde de la no-casualidad. Asistimos al ritual de nuestro propio abracadabra. Y saltamos, con el corazón ardiendo, al precipicio de la vida, valiente. Y volveríamos a hacerlo hoy, y en cinco años más. La ciudad se ha acomodado a nuestros pasos, ha trazado con nuestras huellas su propia geografía. El mundo sólo existe para nosotros. Si me miras así, si te miro. Si predecimos en cartas aquello que hemos amado desde el inicio.
Has vuelto a desdoblarte por la tarde, cuando sola en el silencio, mi aura atendía tus golpes en la puerta. No tengas miedo de entrar, mis sábanas esperan el tacto de tu espíritu. Sé por el pulso de tus labios, que eres menos vulnerable que un fantasma, que no sabe del goce más que por murmullos. Si te hablo, me deshaces el llanto, transmutas mis miedos y me curas. Invocas un séquito de guardianes que entienden mejor que nosotros el acertijo de la predestinación. Entonces nos conjuran. Y queda tanto por hacer.
*
No estarás sola,
vendrán a buscarte batallones de soldados
que a tu guerrilla de paz se han enrolado.
Y yo en primera fila de combate
abriendo trincheras para protegernos, mi guerrillera.
No estarás sola,
te saludarán a tu paso en mil idiomas, con mil lenguajes,
la gente a la que despertaste en cada viaje,
los que dormían en las calles, a los que preguntaste,
por su esperanza, por su desastre.
No habrá distancias
que no cubra cualquier hombre que te busque.
No habrá rincón en que tu nombre no se pronuncie.
No habrá misterio o duda en que tu presencia no luzca,
faro solidario en ausencia de paz,
en tiempos difíciles Estrella Polar.
Sola nunca, nunca estarás.
No estarás sola,
siempre habrá quien se parta en dos en cada despedida,
quien te de aliento cuando te des por vencida.
Tu revolución llenará sonrisas,
yo la incorporé a mis aperos de trabajo, a mi vida.
Clava hoy tus raíces en mí.
Quién pudiera retenerte en Madrid.
Visitaremos lugares a los que hemos ido antes juntos,
antes de conocerte, antes de encontrarte.
No estarás sola,
siempre habrá quien te ayude a hacer las mudanzas,
quien te regale manos, flores, presencias sin pedir nada.
No importa a dónde podamos llegar, lo importante es seguir. Dispuesta a la luz de tus ojos, tiernos ojos, que abren caminos a través del universo. Mi mudez sostiene el ansia de tu tacto, silencio de labios que mencionan tu nombre en un espacio sagrado. Después de ti, a través de tu cielo, tu espíritu transmuta hallazgos en milagros.
Un séquito de hadas depositó en mi órbita la miel de tu rastro. Como sol estacionario o semilla desprendida, maduró mi boca justo antes de predecir tu nombre. Entonces, ninguna porción del universo palpó la misma trayectoria. Se habitaron mis rieles para que nunca más merodeara en mi óxido un vagón desierto; se ablandó la tierra para bendecir las asperezas del descalce. El vacío se desintegró en un vaho azucarado, casi tan dulce que suscita la perpetuación del sueño. De no ser por tu palabra, hubiese conjurado el artificio de pensarte para siempre.
Es para que sepas que la vida excede estas paredes húmedas, y a veces nos incrusta cristales en las costillas, recordándonos un tiempo torpemente olvidado. Es para que no olvides, que la existencia traspasa el límite de cualquier lágrima, y que la felicidad, es saber -a párpados cerrados- dónde llega el final del arcoiris. Por eso nos pisamos los talones tratando de ganarnos el destino, por eso confundimos los inicios e imaginamos un camino de colores invertidos. Te propongo que nos devolvamos eso que no alcanzó a llegar. Y después de todo, tengamos una tarde tan nuestra, que no recordemos nuestras grietas, ni el tiempo que tardamos en volver.
Este texto lo escribí hace más de un año,
pensando en tí y en el nacimiento de nuestra hermana.
En ese entonces no imaginé que llegaría este día.
Estaba en Santiago cuando, días más tarde,
me contactó una escritora española
pidiéndome autorización para publicar unos versos.
Me explicó que era para darle esperanza a los niños de su país.
Ya te han inventado otras letras, otras manos, otras quimeras. Pero te me presentas siempre inabarcable, tierno en la constatación de mi hallazgo, dispuesto a existir dondequiera que mire.
Como si fuera fácil crear castillos en el aire, un murmullo cualquiera viene a distraerme en el ensamble de sus vértices. Que te has ido, me dicen, que tomaste el camino del norte antes de que aclarara el día. Se me agrieta el deseo de tomarte, de retenerte conmigo aunque me sangren las manos. Podría gritar que me pesa el contorno de cada letra a la deriva, pero está tu nombre atravesado entre mis labios. Podría despedazarme el entresueño a jirones, pero quién recupera después el color de mi conciencia.
¡Todo era amor... amor! No había nada más que amor. En todas partes se encontraba amor. No se podía hablar más que de amor. Amor pasado por agua, a la vainilla, amor al portador, amor a plazos. Amor analizable, analizado. Amor ultramarino. Amor ecuestre. Amor de cartón piedra, amor con leche... lleno de revenciones, de preventivos; lleno de cortocircuitos, de cortapisas. Amor con una gran M, con una M mayúscula, chorreado de merengue, cubierto de flores blancas... Amor espermatozoico, esperantista. Amor desinteresado, amor untuoso... Amor con sus accesorios, con sus repuestos; con sus faltas de puntualidad, de ortografía; con sus interrupciones cardíacas y telefónicas. Amor que incendia el corazón de los orangutanes, de los bombreos. Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas, que arranca los botones de los botines, que se alimenta de encelo y de ensalada. Amor impostergable y amor impuesto. Amor incandescente y amor incauto. Amor indeformable. Amor desnudo. Amor-amor que es, simplemente, amor. Amor y amor... ¡y nada más que amor!
Yo sabré encontrarte sola. Tengo labios que te llaman y llevo tantas noches inventándote a ciegas. No me faltará coraje, aunque a veces tiemble en sueños al verte aparecer. Se adhiere mi lengua al paladar, titilan vocales que ignoran la distancia. Un hilito de sangre retorna por mis venas, como intentando recordar un tiempo en que no existes. No me importa. Te tatúo en las entrañas de mi verbo, he decidido hablar por tí. Mencionarte en las esquinas, buscarte en los libros que he dejado de leer, por la pesadumbre de desesperarte entre mis manos. Pero continúo. Pongo en riesgo mi cordura y la posibilidad de volverme invisible ante tus ojos. Puede que quieras a otra diferente a mí. Y qué puedo hacer. Cómo explicarte el frío, el vacío en que duermo desprendida, tímida de voces y plegarias. Te repito. No vengas por mí. Yo sabré encontrarte sola.
Fotografía: Corral, Valdivia-Chile. 10/02/09.
Encontré el camino gracias al detalle de tus huellas.
He aprendido de la soledad. El tiempo ha dividido mi carne en piezas desigules, cada cual con una historia que contar, perdidas en un laberinto mudo. He memorizado otros lenguajes, signos de una fábula inconclusa, donde la princesa espera en un castillo olvidado. Se han amalgamado mis días por la fragilidad con que deviene la aurora, y espero tu vientre cálido, invadida de soles, de nubes aquietándose. He entrenado mi pupila para observar los espacios donde el mundo se vuelve invisible. Los gestos de mi rostro se han acostumbrado a la mirada imprecisa, a ese extraño modo de decir que soy ajena, hermética en mis ensoñaciones, ausente de voces, de abecedarios. Pero he vaciado mi pálpito, mis universos minúsculos, como una breve forma de aceptar la vida. No me arrepiento. Ostento mi fascinación por cada minuto en que el destino se torna impredecible. Elaboro interpretaciones; hurgo entre mis manos señales de ruta, notas musicales, figuras retóricas, mantras enrevesados, plegarias del vuelo, equinoccios, conjuros siderales. Nada me basta. Sonrío por la ingenuidad de mis intentos. Y a veces lloro. Mi existencia es tan inmensa que, fuera de mí misma, se deshace como espuma en la arena. Tú me miras desde lejos. Sigo tan sola como entonces, pero ahora, tú me interceptas la huída, obras con tus manos una encrucijada perfecta. Entre tanto, los pedazos de mi pasado naufragan, se hunden como piedras, reanudan su viaje a la clepsidra.
Cuanto pueda decir de mí no se escapa de mi pálpito. El pensamiento es un artilugio sonoro que me inscribe en la improbabilidad de saberme siempre. Pero hago sucesivos intentos vocálicos a fin de re.crearme la conciencia.
Tengo rutas silábicas dispuestas hacia el centro de tu universo. Te propongo entonces, una colisión de astros a media tarde, y la posibilidad de amalgamar nuestros puentes en una única raíz.
Luego, habrán mareas transparentes sosteniéndonos la huida. Si adosamos nuestras órbitas, tendremos un florilegio germinando antes del amanecer.
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Entelequia
Máquina Térmica
1° El amor es producido por el paso de calor desde un cuerpo a otro.
2° Siempre que exista un descenso de temperatura hay generación de amor.
3° El máximo amor aprovechable es independiente de la naturaleza del hombre, éste actúa como intermediario.
Cuando las transformaciones se suceden las unas a las otras formando un circuito cerrado -tú y yo por ejemplo- la suma entre las relaciones de amor absoluto y temperatura absoluta, es igual a cero.
[Morales Monterríos, Antichton]
Insomnia
Cuando todos se han ido a dormir, un holograma de mi cuerpo se transfigura, como aura que se encarna de xenon o helio. Entonces, imanto tu figura hasta el fondo, haciéndonos creer que sólo el amor amalgama las presencias en el entresueño.
Papel en blanco
Doblo la página del día, escribo lo que me dicta el movimiento de tus pestañas.
Fragmento de A través, Octavio Paz.
Y sin embargo, tú
La casa como barco en alta mar de junio. Las calles como trenes de noche sosegada. Estas cosas no pasan en el mundo. Estoy por afirmar que ahora vivo en un libro de poemas. Pero si tú me miras, decidida a existir desde el fondo templado de tus ojos, también existe el mundo. Y muy probablemente yo acabaré por existir contigo.
Disciplina secreta, Luis García Montero.
Lenguaje de señas
Callar en algún sitio de uno mismo y callar en algún sitio de otro, para que el amor no cambie de nombre. Y callar también donde ya no hay más sitio.
Poesía Vertical [III-34], Roberto Juarroz.
Vamos
Gracias por el fuego
Tu insistencia es similar al silencio que antecede el roce después de la nomadía. Igualmente taciturno, has venido a colmarme de notas a pie de página y lluvias que más parecen meteoritos que nebulosas siderales.
Niégame la sublevación de mis huesos cuando te acercas. Interrumpe el goce de mi magma que sólo sabe del rumor de tu geometría. Quítame, por favor, los candados y las cuerdas. Permíteme tus brazos transmutándome el almíbar.
Como una bala que se desplaza a trescientos mil kilómetros por segundo, me llegó tu amor, inexorable y rotundo, a incrustarse en el trocito más blando de mi conciencia. En los resquicios abatidos, se cristaliza el tiempo, que jadea por el peso de su sustancia onírica. Dudo entre la fuga, o el salto irrepetible hacia el vacío.
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Contradictoria
De los miedos nacen los corajes; y de las dudas las certezas. Los sueños anuncian otra realidad posible y los delirios otra razón. Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.
De El libro de los abrazos, Eduardo Galeano.
A mí misma
Me dijiste que los peces éramos animales crueles. Pues hoy me arranqué cada centímetro de piel, pensando en aquello que jamás podré alcanzar. Aunque libero a mis manos de toda responsabilidad.
En la otra madrugada
Veo crecer hasta mis ojos figuras de silencio y desesperadas. Escucho grises, densas voces en el antiguo lugar del corazón.
Alejandra Pizarnik.
Cadencias
Te adverti
Esta mujer propone que salte y me estrelle contra un muro de piedras que alza en el cielo y como combustible me llena de anhelos, de besos sin promesa y sentencias sin leyes.
Esta mujer propone un pacto que selle la tierra con el viento, la luz con la sombra; invoca los misterios del tiempo y me nombra. Esta mujer propone que salte y me estrelle
sólo para verle, sólo para amarle, sólo para serle, sólo y no olvidarle.
Con diez años de menos, Silvio Rodríguez.
fragilidad
Se desdobló mi paso, y la piel sorteó precipicios oxidados, sin prever la levedad del cosmos. Mi astro aguarda el roce de tu viaje, y te conjura el regreso en el intersticio de mi verbo. Ya casi te alcanzo.
La plegaria del escampe
Voy a dejarte una nota para que la encuentres, adherida al asfalto, guardiana del invierno, sonrojada por el roce de transeuntes empapados. Aunque haya sucumbido la grafía y sólo permanezca un contorno taciturno, cómplice semiótico de mis caricias australes.
Me basta con que sepas que está allí para tus pasos, que se desarma y se vuelve resquicio abandonado sólo para que tú la habites, tímido en mi gesto de abrazarte la ausencia en esta ciudad sumergida.
Pre.decir
Aferrada a los átomos de tu aurora, mis paredes se vuelcan a la reescritua del mito. Los relojes anticipan la comunión de los signos, decidios a revelar una estratagema silente. Sólo si tu lengua menciona mi espíritu.
La perpetuidad de una caricia, asimila las pieles resquebrajadas por este olvido de frío y de sur. Las hilvana, procurando para cada hebra la ternura iniciática, en cuyos filamentos retorna la escasa ilusión de pequeños transeúntes. Porque hoy, es siempre todavía
Tejedora
Sé por tu pulso que has venido a conquistar otros grafemas. Pero es tan espesa la urdimbre, que mi sismo ha desbordado la sustancia de tus humedales. Entonces, titilan mis peces como ánimas luminosas o labios que superan la prohibición de tus huesos.
Comenzar a ser
sonríe cual si fuese una revelación y su sonrisa anula todas las anteriores caducan al instante sus rostros como máscaras sus ojos duros frágiles como espejos en óvalo su boca de morder su mentón de capricho sus pómulos fragantes sus párpados su miedo
Fragmento de Arcoiris, Mario Benedetti.
El goce
Mí alegría es oír el ruido del viento en tus cabellos (Reconozco ese ruido desde lejos) Cuando las barcas zozobran y el río arrastra troncos de árbol Eres una lámpara de carne en la tormenta Con los cabellos a todo viento Tus cabellos donde el sol va a buscar sus mejores sueños.
Mi alegría es mirarte solitaria en el diván del mundo Como la mano de una princesa soñolienta Con tus ojos que evocan un piano de olores Una bebida de paroxismos Una flor que está dejando de perfumar Tus ojos hipnotizan la soledad Como la rueda que sigue girando después de la catástrofe.
Altazor, Canto II: fragmento. Vicente Huidobro.
Te tatúo
Cuando embriagarse y cantarse las cosquillas es casi igual al filo de tu ojo o la intuición de mi lengua al pronunciarte.