sábado 21 de junio de 2008

Alquimia




Como decir de pronto:
Tómame entre las manos,
No me dejes caer. Te necesito:
Acepta este milagro.
Tenemos que aprender a no asombrarnos
De habernos encontrado
De que la vida pueda estar de pronto
En el silencio o la mirada.
Tenemos que aprender a ser felices,
A no extrañarnos
De tener algo nuestro.
Tenemos que aprender a no temernos
Y a no asustarnos
Y a estar seguros.
Y a no causarnos daño.




Cómo decir de pronto, Julia Prilutzky.




Auscúltame las calles y las ansias, que no hayan precipicios por donde tu labio no pase. Has de increpar los pliegues de tu memoria, con mi alfabeto de monturas y lunares. Nada se puede hacer ya ante la sublevación del contacto, cuando toda la sangre ha consagrado la entelequia del romance. Conjuramos siglos de universos desmebrados, con el único afán de bencedir tu nado en la tibieza de mi cauce.

Un beso llega



Uno debió perder la vergüenza hace tanto,

cómo me hizo perder la vergüenza mis años.


Cuando llegaba a mi el amor de mi vida,

enardecida, me congelaba y me iba.


Acorralada estaba en mis pensamientos,

el amor, la pasión, se quedaban adentro.


Años pasaron y me animé a la victoria,

pude salir al fin y llegar a la gloria.


La gloria es verte volver,

saber que un beso llega.




Me muero de entusiasmo




Algo vino a sucumbirnos la piel, un sismo de tacto extrañamente inquieto. Y se evaporaron nuestras aguas, y también nos supo a hierba adormecida, ése centímetro de tarde inverosímil. Porque flaqueamos, y nos brotó fiebre dulce por el costado del verbo, y alcanzó el pacto líquido de sabernos argonautas. Entonces mi ritmo, es este cauce superpuesto a tu boca, y apenas respiras, se desborda de sangre nuestra orilla.



Intervención


Nuestro entusiasmo alentaba a estos días que corren
entre la multitud de la igualdad de los días.
Nuestra debilidad cifraba en ellos
nuestra última esperanza.
Pensábamos y el tiempo que no tendría precio
se nos iba pasando pobremente
y estos son, pues, los años venideros.
Todo lo íbamos a resolver ahora.
Teníamos la vida por delante.
Lo mejor era no precipitarse.



Destiempo en La pieza oscura, 1962. Enrique Lihn.


Nos conjugamos el encuentro en pretéritos difusamente indefinidos, erramos en los modos y las desinencias verbales sólo por el capricho de querernos intemporales. Interferimos la sincronía, e hipnotizamos el tictaqueo de los minuteros voraces. Sin embargo, advertimos el goce de comulgar en el desfase de sabernos perdidos, como cometas vagabundos o supernovas volátiles.





¡Que vuelva la primavera!



Algo se descascara en la Villa del Sol, por sus entrañas se expande un líquido nervioso, quemándole. El tiempo se ha vuelto a su cuarto oscuro, las paredes exudan su memoria inversa, hay lagunas asfixiándome los párpados.


Y yo, la niña durmiente del mismo grito ensimismado, me vuelco a su ribera para permitirme el aliento, humedezco las amarras para avivar las luces de mi noctámbula. No hay muralla ni grieta, ni piel desvencijada, que pueda intoxicarme la herrumbe.


Interpreto el sortilegio para beberme el caliz que me hierve en las caderas, cada vértebra rabiosa me enciende otro color. Porque hoy es siempre todavía.

No hay necesidad


No voy a explicarte la sencillez de elevarse como espuma rítmica, y dejarse disolver, por la brisa celosa del invierno inacabado. No mencionaré excusa válida, para interpretarme el capricho de serme invariablemente niña, divagando en hebras de algodón, ingeniosamente indefinida. Tampoco pronunciaré la imposibilidad de hallarte en el cristal, como eco ceñido a la textura de mis pechos (que acaban de acentuarse en sus ángulos y proponen ya, su lluvia de azúcar desinhibida).

Retour




Mis pasos te quisieron lo suficientemente convencidos de su riesgo, y entonces sucedió que sin mediar explicaciones, los obligaste a retroceder. Yo llevaba en mis suelas la convicción de aliviarte las grietas furiosas de otro nombre impronunciable, conservaba incólume en mi piel, un trocito de primavera que te aguardara, sólo por la ilusión de coincidir valientes en el mismo vacío. Pero una abertura de tiempo, insignificante en su recuerdo, nos diluyó el único esmero posible, de mantenernos a salvo del regreso. Ahora, es imposible recomenzar.


Las tres experiencias



Hay tres cosas para las que nací y por las que doy mi vida. Nací para amar a los otros, nací para escribir y nací para criar a mis hijos. El "amar a los otros" es tan vasto que incluye hasta el perdón para mí misma, con lo que sobra. Las tres cosas son tan importantes que mi vida es corta para tanto. Tengo que apurarme, el tiempo urge. No puedo perder un minuto del tiempo que hace mi vida. Amar a los otros es la única salvación individual que conozco: nadie estará perdido si da amor y a veces recibe amor a cambio.


Y nací para escribir. La palabra es mi dominio sobre el mundo. Tuve desde la infancia varias vocaciones que me llamaban ardientemente. Una de las vocaciones era escribir. Y no sé por qué fue ésta la que seguí. Tal vez porque para las otras vocaciones necesitaría un largo aprendizaje, mientras que para escribir el aprendizaje es la propia vida viviéndose en nosotros y alrededor nuestro (...). Me adiestré desde los siete años para tener un día la lengua en mi poder. Y no obstante, cada vez que voy a escribir es como si fuese la primera vez.






Clarice Lispector.






No necesito más palabras, que éstas que por mí entonan los otros. No necesito más excusas, que éstas que adosan en mi piel un olor a ansia movediza. Porque saberme viva es un suceso impredecible, que puedo increpar sobre la base de tactos, almohadas, sismos y humedades. Ya ven que no me alcanza el equipaje, y debo forzar mi mirada por el instante ignoto, en que el aire se corta y tengo dos existencias exactamente iguales. La mía, con su pugna inverosímil, y la otra, que siente velados todos los enigmas. Por eso me circulan letras en la sangre, sílabas enrevesadas en cada intersticio invertebrado.

miércoles 11 de junio de 2008

Desconocido y transeunte





Por ahora no sé quién eres
ni adónde estás siempre.
Sé que nos ha tocado vivir
en la misma ciudad
y en un mismo país de la tierra
al mismo tiempo.
Y eso me basta.
Hoy es de noche, pero mañana
saldré como ayer en tu busca.
Estoy seguro sabré reconocerte.



Fragmento de La ciudad, 1979. Gonzalo Millán.




Voy a dejarte una nota para que la encuentres, adherida al asfalto, guardiana del invierno, sonrojada por el roce de transeuntes empapados. Aunque haya sucumbido la grafía y sólo permanezca un contorno taciturno, cómplice semiótico de mis caricias australes. Me basta con que sepas que está allí para tus pasos, que se desarma y se vuelve resquicio abandonado sólo para que tú la habites, tímido en mi gesto de abrazarte la ausencia en esta ciudad sumergida.

martes 10 de junio de 2008

Se escriben cartas de amor





Ellos se conocieron por casualidad, que es como se suelen encontrar los grandes amores, casi siempre por casualidad, por una llamada equivocada, por un encuentro fortuito. A ellos lo que les pasó fue que él había quedado en aquel café con una persona que no vino, y claro, la vio a ella sentada en la mesa del café, radiante, así que, harto de esperar no se cortó un pelo y dijo:


- “ya que he venido hasta aquí, no puedo desaprovechar esta ocasión”.


Se acercó a la mesa y dijo:


- “¿Me permite?”

- “Por supuesto”


Esto sólo suele pasar en las historias que te cuentan otros, nunca en la vida real, por lo general cuando dices: - “¿Me permites?”, dicen -“ ¿De qué?”. A lo mejor ella estaba esperando a alguien que tampoco vino, quién sabe, yo que sé, habrá que inventar otra historia en la que ella le dice “¿De qué?”. En este caso ella lo invitó a él para que se sentase, y él se sentó. Y claro, no había de qué hablar:


-“¿y qué lees?”


Lo malo fue que él no había leído nada del escritor que ella estaba leyendo, mal, empezamos mal, muy mal, por ahí no.


-“Pues bonito día”


Pero enseguida empezaron a profundizar, porque ella dijo:


-“Si la verdad es que hace un bonito día”


Y aunque no lo hiciera. Pero poco a poco él fue venciendo esa timidez que le caracteriza y fueron profundizando. Al principio él para llamar su atención contó una que otra mentira, que era escritor, luego reconoció que nunca le habían publicado nada, pero eso vino más tarde, cuando ya se conocían mas, cuando pasaron del café a la habana con coca cola. Por entonces ya estaban descubriendo que tenían más afinidades de las que pensaban al principio, y compartían gustos cinematográficos, y por eso el le dijo:


-“Oye, y si vamos a ver ésta..., ¿has visto La vida es bella?”


y ella;


- “No”,

- “Oye, ¿quedamos el fin de semana?”,

- “Vale”.


Y aquel fin de semana pues, yo no sé muy bien si para sorprenderla o no, pero el caso es que él rompía a llorar en cada escena en la que aparecía el chaval pequeño, esto a ella le enterneció, yo quiero pensar que era de verdad. Resulta que coincidían en más gustos, y también en lo musical, y le dijo:


- “Oye, este fin de semana toca Ismael Serrano”,

- “¿Ismael qué?”,

- “¿Pero a ti te gustan los cantautores?”,

- “Los de verdad me gustan”.


Pero él le convenció a ella y fueron. Cuando él empezó a cantar aquella de Vértigo, pues se atrevió a cogerle la mano.Y poco a poco se fueron inevitablemente enamorando, pero no por esto de Ismael Serrano, ni por el Vértigo, quizá más por aquello de llorar con La vida es bella. Una mañana él se levanta y al abrir los ojos se da cuenta de que está perdidamente enamorado de ella, y quedaron entonces en aquel café en el que se conocieron por casualidad. Los momentos importantes suelen coincidir casi siempre en los mismos sitios (no estoy muy seguro de lo que acabo de decir, pero es una buena frase). Pero fue en aquel café en donde ella le dijo:


- “Sabes, creo que me tengo que ir durante algún tiempo”,

- “Yo te iba a decir casi lo contrario, que te quedaras conmigo para toda la vida”,


y ella dijo:


- “No te preocupes porque yo estaré esperando el día que vuelva para retomar contigo este camino que emprendimos, además, cada quince días puntualmente te mandaré una carta en la que te contaré todo lo que hecho, todo lo que siento, todo lo mucho que te echo de menos, y todo lo poco que nos falta para vernos”,


Él dijo que bueno, que vale;


-“Pero que si no te vas casi mejor”.


Pero se fue. Fue entonces cuando descubrió que aquello no tenía remedio y que estaba perdidamente enamorado, que no había ningún elixir que hiciera que la olvidase, que no era cierto aquella de que un clavo saca otro clavo, que a veces es cierto que los amores a primera vista existen, bueno, ¿es que acaso hay otros?.


A los quince días puntualmente llegó la carta de ella toda llena de besos y de caricias, de te echo de menos, él lloró, y esta vez era de verdad. Y guardaba las cartas con mucho cariño encima de la mesilla. Pasaron quince días, y otros quince, y otros quince, y otros quince, y las cartas se iban acumulando. Y su vida consistía en esperar a que llegara el decimoquinto día, abrir el buzón y encontrar la carta de amor en la que ella prometía volver, esperar esa carta en la que ella le diría que volvía pronto. Y pasaron años, muchos años, y ya las cartas casi no cabían en la casa, se compró una gran caja fuerte para guardar todas las cartas, porque eran su gran tesoro, porque vivía para leer las cartas que ella le había escrito, porque ella era lo que más quería, y así pasaron creo que diez años, quince, no me acuerdo.


Y un día ella, sin saber como ni por qué, dejó de escribir, y al quince día él se encontró el buzón vacío, y el alma partida en dos. Ahora sólo podía vivir del recuerdo, leyendo las cartas que ella le había escrito con tanto cariño, aquellas cartas eran su mayor tesoro. Un día el salió de casa, porque tenía que salir, y unos ladrones entraron en su casa. Al ver allí la gran caja fuerte no se lo pensaron dos veces, porque pensaron que debían esconder algún gran tesoro, grandes riquezas, realmente lo era. Y se llevaron la gran caja fuerte.


Imagínate la desolación de nuestro protagonista cuando llega a su casa y se da cuenta que le han robado lo que él más quería, lo que le hacía sentirse vivo algunas tardes de domingo cuando no sonaba el jodido teléfono, cuando releía aquellas cartas y aquellas promesas quién sabe si falsas.


Suele pasar que los ladrones son buenas personas, y éste era el caso. Pero imagínate la cara de los ladrones cuando abren la caja fuerte y se encuentran montones de cartas de amor, declaraciones imposibles. El jefe de los ladrones se enfadó un poquito, pues la caja pesaba, y llevarla a la guarida no era moco de pavo. Nuestro hombre vagaba casi moribundo por las calles de su ciudad, con la esperanza de encontrar alguna carta, a alguien que le hablara de una gran caja fuerte llena de cartas, perdido sin saber ya que hacer. El jefe ladrón lo que dijo es que aquellas cartas lo que había que hacer era quemarlas o tirarlas al río, lo que fuera, pero que desaparecieran de inmediato. Pero el más joven de los ladrones era más bueno, y se le ocurrió una gran idea.


Un día nuestro hombre llegó a casa después de estar buscando toda una tarde, y al abrir el buzón ¿Adivina lo que se encontró?... Una carta. Los ladrones habían decidido mandarle las cartas tal y como ella se las había mandado, puntualmente cada quince días, por riguroso orden. Ahora él resucitaba con la esperanza de revivir aquellos momentos en los que quizá un día leería la carta en la que ella diría:


-“Pronto estaré allí”.





Cuento de las Cartas de amor, en la
voz de Ismael Serrano.

Cuento de Eduardo
Galeano.

domingo 1 de junio de 2008

Tres escenas para el té

Son

extrañamente hermosos todavía,

estos labios de hace ahora tres años

y me parece inédito

el gesto de tu beso,

este llegar aquí cada vez más tranquilo,

con la serenidad

del que tiene por cómplice la vida

y su rutina.

Hoy sabemos que entonces,

cuando tus veinte años y mi primer abrazo,

empezamos por ser

sobre todo indecisos: la tímida torpeza

de la primera noche

y la dificultad con que dejar las manos

en el hábito infiel de nuestros vicios.

Ahora

extrañamente hermoso estar aquí,

demasiado a menudo y decididos,

incómodo

de no sentir el peso de los años

aprendiendo contigo la premeditación

y escribiendo en tu piel mi alevosía.

Porque suele haber bancos donde se espera siempre,

aceras que prefieres por costumbre

o líneas de autobús al mediodía.

Y sin embargo tú

reapareces inédita en tu gesto

para decirme hoy

que le conteste al tiempo y sus preguntas

el práctico saber que tienes de mi cuerpo.





Si alguna vez la vida te maltrata

acuérdate de mí,

que no puede cansarse de esperar

aquel que no se cansa de mirarte.





Como el primer cigarro,

los primeros abrazos.

Tú tenías

una pequeña estrella de papel

brillante sobre el pómulo

y ocupabas la escena marginal

donde las fiestas juntan la soledad, la música

o el deseo apacible de un regreso en común,

casi siempre más tarde.

Y no la oscuridad,

sino esas horas que convierten las calles en decorados públicos

para el privado amor,

atravesaron juntas

nuestras posibles sombras fugitivas,

con los cuellos alzados y fumando.

Siluetas con voz,

sombras en las que fue tomando cuerpo

esa historia que hoy somos de verdad,

una vez apostada la paz del corazón.

Aunque también se hicieron

los muebles a nosotros.

Frente a aquella ventana -que no cerraba bien-

en una habitación parecida a la nuestra,

con libros y con cuerpos parecidos,

estuvimos amándonos

bajo el primer bostezo de la ciudad, su aviso,

su arrogante protesta.

Yo tenía

una pequeña estrella de papel

brillando sobre el labio.








(Canción de aniversario, Dedicatoria y Como el primer cigarro


de Luis García Montero)